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Imagen y visión
[25/03/2006 - Madrid]
libro: Tiriel y El libro de Thel autor: William Blake enlace externo
La protohistoria de cada poeta predice en parte lo que de su evolución posterior se puede esperar. Blake no es una excepción en esto: hasta sus primeras manifestaciones contienen ese «estado otro de la lengua» que Michael Edwards reconoce en todo gran poema y que Jorge Riechmann, en su ensayo Resistencias de materiales, ha sabido muy bien desarrollar. Las palabras de Blake producen siempre un efecto extraño: por un lado, parecen de una lengua extranjera; por otro, parecen lenguaje familiar. ¿Por qué?: porque no son solamente palabras, sino imágenes que mantienen su doble condición —la de palabra y la de imagen, reunidas ambas en algo que, a falta de otro nombre más preciso, sólo puede definirse como visión.
Blake no es un poeta en el sentido griego de «hacedor» sino un vates, es decir, un visionario, un vidente. Su voz suena muy otra, porque lo que dice no se oye sino que se ve. Su escritura no es pictura en sentido horaciano, sino subscriptio de un emblema que a veces —no siempre— la acompaña. Borges es el autor de nuestra lengua que mejor lo leyó. Jordi Doce es quien mejor lo ha traducido y quien con más acierto ha plegado el ritmo de sus frases a la música plástica que hay en su tradición: la Odisea, Sófocles, Virgilio, Boehrne, Taylor y Swedenborg, cruzados con el septenario en que se expresó la disidencia y no poca de la poesía crítica popular.
Jordi Doce describe el carácter mixto de esta lengua, en la que se transparentan Chaucer, Shakespeare y Milton, y se preludia la aurora de los libros medievales miniados de Rimbaud. Pues bien, ese lenguaje, pero en estado embrionario, es el que presenta su Tiriel, una epopeya rescatada por Swinburne, que la editó en 1868, y por Yeats, que la volvió a editar veinte años después.
LA MISERIA DEL PODER
Tiriel es una mezcla de Homero y de la Biblia, en la que lo poetizado es la autodestructiva miseria del poder. Algunos de sus paisajes remiten a otros de la Eneida: así, «Y caminaron juntos, por colinas y valles arbolados, / ciegos a los placeres de la vista y sordos al gorjeo de las aves. / Caminaron de día y también por la noche bajo la amable Luna».
El carácter narrativo que tiene lo épico recibe aquí un tratamiento diferente, que hace que lo narrado no sea tanto un hecho como una visión. Y esa visión es lo que a Blake política y literariamente más le interesa, porque, muy en la línea de Milton, lo que canta es más una condena que una salvación. Y no sólo está dispuesto a referirla sino también y sobre todo a ilustrarla.
Lo que llama «el maleficio de Tiriel» —que centra el canto V y que es de una gran eficiencia plástica— resume el tono de un texto que es también un viaje por el tiempo perdido y el destino de «una raza sin ley».
Poema mitológico, inspirado en Edipo, Odín y el Rey Lear, su sintaxis sigue un curso fragmentario que no oculta la crítica metapoética contra los neoclásicos y qué abunda en nombres acuñados sobre las claves ocultistas de Cornelius Agnppa, combinadas con otras de la Biblia, del griego y de Thomas Gray. La impresión que produce —y que su fecha de composición, 1789, más alimenta- es la de un texto profético-polftico en el sentido en que CharlesTomlinson lo interpretó.
A Blake —como indica Doce— «hay que tomarlo como nos llega, con sus logros y ángulós muertos, sus relámpagos y sus contradicciones». Por eso, si Tiriel es un canto épico, E/libro de Thel es un poema dialógico, bastante más en cifra que el anterior, condensado en un lema y que recuerda la estructura de los Idilios de Teócrito y de la poesía latina posterior.
Este cambio de género es significativo: Blake confía a él una modificación de su aliento y la búsqueda de otro espacio en el que poderse expresar. De hecho, este poema es más moderno y lírico que el anterior, y su carácter resulta más romántico: sobre todo, en su cuarto movimiento. Su tema es el sentido de la vida y la muerte, y baraja cuatro hipotemas: entre ellos, el de la iniciación erótica y el de la catábasis. Sus fuentes. son bastante claras: además de algunas de las ya indicadas, Edmund Spenser, Hervey, los neoplatónicos citados por Pope en su versión de la Odisea, Young y los Salmos.
CAMBIO DE ALIENTO
Blake parece haber encontrado aquí una libertad literaria que le faltaba antes y también un nuevo ámbito mental, menos alegórico que el que había ensayado en sus versos anteriores. El movimiento IV ejemplifica este cambio de aliento que parece serlo también de pensamiento y opinión.
La imagen es ahora distinta, y las transiciones tienen mayor agilidad. Su innovación consiste en mantener el tono narrativo de lo épico sólo en cada introducción, y en poner en boca de cada personaje una instancia de discurso lírica. Esa combinación alternada de tonos genera un contraste que no pasa desapercibido al lector, porque proyecta un claroscuro en el que la palabra clave de esta obra —visión— logra su plasticidad más plena. Jordi Doce ha comprendido la extrema complejidad de esta escritura, a la que ha sabido encontrarle en nuestro idioma la más certera equivalencia y la más eficiente convertibilidad.
Jaime Siles ABCD las artes y las letras
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