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¿Por qué habría que pedirle nada a Nicolás?
[02/12/2007 - Santa Cruz de Tenerife]
libro: El Inglés libro: Cumbres borrascosas enlace externo
Tu carta anterior traía una información inquietante: la de que el Ayuntamiento de Santa Cruz había pedido la mediación del presidente francés, Nicolás Sarkozy, ante la supuesta invasión migratoria que sufre la tierra que vio salir tanto emigrante para Venezuela. ¿Habría que pedirle eso a Sarkozy? ¿De veras tendría que ser Sarkozy el que detenga los cayucos? En ese mismo número de tu periódico decano aparecía un artículo de Carlos A. Schwartz calificando de "cantinflada" esa propuesta. Yo creo que es más grave que una cantinflada: es una estupidez.
Ahora, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México), donde acabo de estar, escuché a Fernando del Paso citar a Mario Moreno Cantinflas para abrir su discurso de aceptación del premio Juan Rulfo. Cantinflas era un tipo muy serio, cuidado.
Dijo el autor de José Trigo, citando una cantinflada: "Antes de hablar voy a decir unas palabras". Fueron las dos líneas que más éxito tuvieron en el acto de inauguración de la FIL, un acontecimiento del que tendríamos que hablar largo algún día. Y aunque parezca un chiste de Cantinflas, la frase encierra su enjundia. A lo mejor se la tendría que haber aplicado el que tuvo la gracia de invocar a Sarkozy para que nos sacara las castañas de los cayucos.
Antes de hablar, y antes de decidir, conviene reflexionar; eso es lo que creo que quería decir Mario Moreno. A veces uno habla antes de pensar, o tira la piedra antes de apuntar a la diana, y resultan cosas como esa: que se pide a un presidente extranjero que ponga sus manos sobre lo que es propio de una institución distinta. Y con bromas así vamos mellando lo que es nuestro.
Las instituciones canarias (y las del resto del Estado) necesitan el apoyo crítico de la sociedad; emanan de la sociedad, conviene que ésta las respete para usarlas en el mejor estado posible; y el Gobierno de Canarias, su presidente y sus ramificaciones, lo necesita en grado sumo, para acendrar sus competencias, para ganar prestigio social, para afirmarse en el contexto insular y para ser más representativo de cara al exterior, con el Estado, con Europa, con el mundo. Este Gobierno, los gobiernos que vengan.
La institucionalización de Canarias (vamos a centrarnos en este ámbito) es urgente y necesaria; no depende sólo del Gobierno, claro, depende de todos los ciudadanos; para llevarla a cabo se necesita autocrítica, capacidad para encajar la crítica; para hacerse fuertes, las sociedades en transformación, como la nuestra, requieren seriedad, ambición, rigor, modernidad, y espaldas anchas para saber que lo que hace puede no gustarle a muchos.
La institución que debe mediar en los conflictos que vislumbre cualquiera de las instituciones canarias las docentes, las políticas, las económicas, las sociales es el Gobierno de Canarias, y tan solo el Gobierno de Canarias; te guste a ti o me guste a mi, guste o no guste, el Gobierno ha salido de las urnas, es producto de la voluntad popular, y mientras está en ejercicio es el órgano representativo de la gestión del Archipiélago, en lo que le toca gestionar. Y esa facultad de dialogar con el mundo y primero que nada con el Estado para que ayude a resolver los conflictos, reales o inventados, que se producen en las islas es exclusiva del Ejecutivo que ahora preside Paulino Rivero. Enviarle una nota de auxilio a Sarkozy para que medie "ante la llegada de cayucos procedentes de la costa africana" nos pone en el nivel de la vergüenza ajena. Y la vergüenza ajena, en este caso, es propia, daña nuestro propio espejo.
Una autonomía fuerte ha de tener un respaldo fuerte de la sociedad; la iniciativa santacrucera es un pellizco innecesario a favor de la nada. Paulino Rivero es el hombre adecuado para recoger cualquier inquietud y llevarla fuera del ámbito de las islas, para gestionarla y para resolverla, si es que el asunto lo merita; para eso fue elegido, para eso es legítimo, y al ser legítimo ha de ser de todos; se puede equivocar, o aceptar, y en cualquiera de esos supuestos es el responsable. ¿Nicolás Sarkozy? ¡¿Pero es que nos hemos vuelto locos, Juan Manuel? Y, en todo caso, ¿qué locura es esta? ¿A qué obedece, contra quién va?
Rigor, modernidad, ambición. Lo peor de estos gestos sería que pasaran desapercibidos por la ciudadanía, y tú lo dices muy bien. Una sociedad que no reacciona ante disparates de ese tamaño se convierte en una sociedad cínica, y, lo que es aún peor, sorda, ciega e inane. Una sociedad así no le conviene a nadie, porque se detiene, es una sociedad en estado de detenimiento, y eso no lo queremos, ni lo quisimos, ni será bueno para construir el futuro. Hay una generación nueva, la tuya, que ya debe exigirse para exigir, para mantenerse alerta ante esos daños que parecen menores pero que son centrales porque dan en la diana de la autoestima del Archipiélago.
Una generación nueva que anda por las islas y por el mundo haciendo cosas, divulgando las que ya se hicieron, inventando nuevas. El otro día vi en esta feria de la que acabo de llegar, en México, a algunos editores canarios que acudían a mostrar por ese universo pletórico que es la FIL algunas de las obras que han publicado o están a punto de publicar. Vi a los de Baile del Sol llevan en su catálogo la Biblioteca Pinto Grote, la obra de Elsa López
—y vi a los de Artemisa, que anunciaban en su catálogo El inglés, la novela de tu colaborador Juan Manuel García Ramos, que se reedita, y que llevaban consigo una preciosa edición de Cumbres borrascosas, de Emily Brontë, con ilustraciones inéditas de Balthus—, y luego fui al stand canario en la Feria; me emocionó ver juntos a Félix Francisco Casanova y a Alfonso García-Ramos y a Pilar Lojendio; y aunque no estaban sus obras, algo que me frustró bastante, para qué nos vamos a engañar, me dio un vuelco el corazón recuperar en mi memoria tantos y tantos grandes momentos con los tres; Félix Francisco fue un latido rabiosamente literario; arrebatado tan prematuramente por la muerte, significaba en la literatura canaria de los setenta la gran esperanza de la continuidad de una tradición de vanguardia que enraizaba en la propia producción de su padre, Félix Casanova de Ayala; como Pilar, que fue surrealista en su propia vena; Alfonso tuvo varios ramalazos, era un escritor complejo y completo, era periodista, narrador, orador, político, un hombre para todas las estaciones, entusiasmado con la vida y luego rabiosamente resignado a la fatalidad de la muerte.
Es curioso, en esa tripleta de autores puede uno observar la diversidad y la complejidad de las literaturas canarias, que es tanto como decir del arte hecho en Canarias. Hace unas semanas, en Madrid, Alberto Delgado, viceconsejero de Cultura, desplegó ante un grupo de canarios trasterrados el proyecto cultural que durante el próximo septenio pondrá en marcha el Gobierno de Canarias. Se trata, entendí, de aunar tradición y vanguardia, pasado y futuro; de abrir fronteras para el conocimiento y para la investigación; se quiere situar a las islas en el centro de una reflexión que vaya a las raíces y que le permita levantar el vuelo, darse a conocer en el mundo y con el mundo. Creo que por esos caminos se puede hacer institución; cuanto más se huya del carnaval y más se busque la reflexión, cuanto más se hurgue en lo que somos de veras y menos en los que somos por fuera, mejor nos va a ir; y cuanto más generosos sean los planteamientos, más abiertos, menos mezquinos, mejor nos irá. Y siempre pienso en gente como tú, de tu edad, de tus inquietudes, cuando quiero creer en un porvenir mejor, menos basado en los chistes y más asentado en las venas abiertas del futuro.
Ah, en el stand de Canarias me compré el precioso libro sobre el Teide que coordinó Antonio Machado Carrillo. Lo tenía ya, pero alguien me lo había arrebatado.
Juan Cruz Ruiz Diario de Avisos
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