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Ciudad propia: poesía autorizada

[04/05/2006 - Madrid]

libro: Ciudad propia. Poesía autorizada
autor: Francisco Ferrer Lerín
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Durante años el nombre de Francisco Ferrer Lerín (Bar­celona, 1942) ha estado aso­ciado a todo tipo de leyendas —la más repetida y básica: «¿Pero de verdad existe Fe­rrer Lerín?»— y a ser lectura de culto para unos pocos, además de trasunto de El Buitre en Diario de un hom­bre humillado de Félix de Azúa y personaje de un ca­pítulo en Bartleby compañía de Enrique Vila-Matas.
 
Tras años de silencio, la publicación de la novela Níquel el año pasado confirmó su regreso, magnífico por cierto, a la literatura y ahora Ciudad propia lo ratifica al presentar los tres libros de poesía publicados anteriormente (De las condiciones humanas, 1964; La hora oval, 1971; y Cónsul, 1987), con alguna supresión, libros inencontrables desde hace tiempo, a lo que se añade casi una treintena de poemas inéditos, de ayer y recientes, por todo lo cual no es exa­geración decir que éste es un libro nuevo. Y, desde luego, entre las no­vedades está el oportuno prólogo de Carlos Jiménez Arribas, preciso y acertado en su información y sus comentarios, y una nota biográfica de Javier Ozón, que desmiente y confirma a un tiempo las leyendas alu­didas y a todo eso se agregan unas notas del propio autor que son, en sí mismas, toda una prolongación de los poemas.
 
Y hay que decir que se tra­ta de un libro de no poca rele­vancia. Lo es, por una parte, por su significación histórica y al respecto hay que repetir lo dicho por Pere Gimferrer, quien dio a este poeta el título de nada menos que “pionero y fundador” “del ala extrema de la poesía novísima”, lo que obliga, al menos ahora que es­tán disponibles estos textos, a reescribir ese capítulo de la li­teratura española de la segun­da mitad del siglo pasado. Pero, sobre todo, está la lectura, una verdadera experiencia de lec­tura, de esta obra destacadísi­ma, original, novísima sin saber que lo era y que, incluso en sus poemas más antiguos, está lle­na de novedad.
 
Formalmente, hay dos tipos de textos: unos en verso y otros en pro­sa. Algunos de estos últimos se es­cribieron cuando esa forma era una extrañeza en la poesía española y eso ya les da un valor singular. La mayoría, además, desarrollan una narratividad inusual en poesía y en un estilo neutro donde los haya, el del informe, y un grupo de ellos nana en su historia una escena de violencia y a menudo un asesinato —o varios, tal como sucede en el inolvidable “Obras públicas”—, que se leen como si fuesen micronovelas, o pa­sajes, de la serie negra, lo que su­pone toda una apertura en lo que a la temática del poema se refiere. Y otra apertura más se da en aquellos ca­sos en los que el poema se presen­ta como una mínima obra dramá­tica, con sus personajes y diálogos.
 
El poema es, entonces, el lugar de la escritura sin más, escritura liberada de las ataduras genéricas, de las te­máticas y formales —constricciones que aquí quedan desbaratadas—, como auténtico hecho artístico, fru­to de una voluntad de escribir libre  que estuviese fundando la lite­ratura.
 
Si las poéticas novísimas in­cluyen el llamado culturalismo, el practicado por Ferrer Lerín es, además de anterior, de lo más peculiar, pues las mencio­nes de autores u obras, etc. son insólitas: de Ossián y Fénélon a Tzara o Truman Capote, pa­sando por otros más tópicos como Mallarmé, y todo ello antes de que este estilema se con­virtiese en un gesto repetido y manierista.
 
Toda la escritura de Ferrer Lerín se funda, aparte de en lecturas de lo más diverso que van de los clásicos a las van­guardias, en un ejercicio de imaginación plena, obra traza­da al margen de lo que hayan sido las modas a lo largo de las más de cuatro décadas que recorre, y en una variedad de registros y formas tal que hay que hablar de una auténtica reinvención de la literatura, y de ahí su radical actualidad.


Túa Blesa
El Mundo (El Cultural)

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