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Ábaco de la memoria

[01/04/2006 - Santa Cruz de Tenerife]

libro: Ábaco

El año pasado salía a la luz Ábaco (Artemisa, 2005), titulo que reco­ge sus Diarios desde 1997 hasta 2004, y que constituye su prime­ra entrega en esta modalidad de escritura. Si la poesía está ligada al tiempo y la memoria, la escritura dia­rística no lo está en menor grado. ¿En qué medida ha influido su labor poéti­ca en la escritura de sus diarios, y viceversa? Es decir, ¿qué proceso de ósmosis se establece entre una y otra, si es que se establece alguno?
 
—En mi caso, la imbricación de lo poético y lo diaristico es enorme; no diré que ab­soluta, aunque a veces debo esforzarme para diferenciar entre uno y otro proceso: sé muy bien que la escritura poética, tal y como yo la entiendo, es de una naturale­za más salvaje, más radical, que la diarística. Muchas veces he anotado en el dia­rio textos que se han transformado en poe­mas, casi siempre en prosa. Y al revés: muchos poemas in nuce no llegan a de­sarrollarse y acaban en el diario. Comencé a escribir diarios, bien que de forma dis­persa, hacia 1992, creo, en libretas, porque sentía muchas dudas al escribir poemas. Creí entonces que si escribía poemas en una libreta de diario la sensación de fra­caso ocasionada por los malos poemas se­ria menor. Y creo que funcionó. E incluso llegué a publicar fragmentos de esa etapa en revistas, bajo el título de Naranja.
 
Pero lo cierto es que comencé a escribir diarios en serio cuando mi vida se vio in­mersa en asuntos delicados y no porque yo deseara establecer algún tipo de escritora total. Todo es más pedestre en mi caso. Mi diario comienza con una crisis —podemos llamarlo así— comienza para ex­piar una crisis, y se dilata en el tiempo por­que yo sentía una gran necesidad de me­moria, una necesidad de fijar y recordar al­gunos detalles de mi vida bajo esa crisis. Luego siguió creciendo y transformándo­se. Sin embargo, ahora que he publicado parte de estos diarios, caigo en la cuenta de que, muchas veces, las adherencias de epi­sodios, vivencias, detalles, ideas, etcéte­ra, se producen por puro azar. Un día te­nemos una idea, o un sueño, o nos ocurre algo importante, pero no podemos anotarlo porque, sencillamente, no tenemos un trozo de papel y un lápiz. Nos decimos, «lo escribiré en cuanto llegue a casa», pero no lo hacemos porque se nos olvida, por­que ha surgido otra cosa, porque hemos ido a otra parte. De manera que muchas ve­ces quedan fijados allí gran número de co­sas circunstanciales, absurdas, y aun in­necesarias. Lejos de disgustarme, toda esa aleatoriedad me interesa mucho. Me da la sensación de vida.
 
—A medida que el lector va avanzado en la lectura de Ábaco, comprueba cierta evolución que me gustaría comentase aquí. Le pongo un ejemplo: durante el pe­riodo 2000-2003 usted realiza muy po­cas anotaciones, sobre todo en 2003, del que puede decirse que está casi en blan­co, silo comparamos con otros años. Por otro lado, es posible advertir a partir de 2001, aproximadamente, un mayor pro­tagonismo de la vida intelectual del “yo”, por decirlo así, en el día a día de la men­te. ¿Cómo concibe usted un diario?
 
—Creo que esa evolución a la que se re­fiere tiene que ver con la datación de la crisis de la que le hablaba. Me parece que Ábaco, en efecto, cruza de un espacio ini­cial de reflexión sobre lo personal, las emo­ciones, sobre algunas cosas queme parecen absurdas y bellas o sobre simples visiones que me producen gran placer, a otro de re­flexión sobre aspectos, no externos, sino más objetivos: el fenómeno de lo literario, conversaciones con otras personas, lectu­ras. Pero esto es muy general, creo, por­que las reflexiones que hago sobre algu­nos pintores o sobre películas, por ejemplo, están muy determinadas por las vivencias personales y cotidianas de cada momento. En cuanto a la dispersión... ¿Qué le puedo decir? La vida, el tiempo, los aconteci­mientos imponen sus leyes, y son inque­brantables. El año 2002, por ejemplo, no es­tá representado en este diario. Apenas es­cribí. Me dediqué a leer y a mirar. Y en cierto modo siento a veces un vacío de la existencia en ese año.
 
¿Cómo concibo un diario? De ninguna ma­nera. O, mejor dicho, concibo el diario co­mo una escritura en la que no hay reglas de ninguna clase. Yo simplemente escri­bo, trato de reconstruir un recuerdo, ano­tar lo esencial de una vivencia del día an­terior, o de esa misma mañana. No sigo mo­delo alguno. Lo único queme he impuesto por ahora es la datación del día y del mes en cada anotación. Y fue una decisión que to­mé desde el principio porque me interesaba mucho retener en mi segunda memoria —como llamo yo a este diario— la fijación del hecho en un día de un mes de un año preciso. A veces voy atrás entre las pági­nas y me digo «ah, esto sucedió un viernes, era el 25 de agosto y hacía sol», por ejem­plo. Aunque sé de antemano que esto no es del interés del lector.
 
—Está claro que son los diarios de un poeta. Hasta qué punto la progresiva in­dagación en la actividad poética ha mo­dificado su visión del mundo y su códi­go ético.
 
—Hasta el punto más profundo, supongo. Mire, yo no sé si soy o no poeta, y me im­porta bien poco si me ven o no bajo ese nombre. Yo sé que en mi mente se desarro­lla una actividad de tipo creativo e imagi­nativo en la que el lenguaje es fundamental. Se trata además de una actividad reflexiva que, de manera natural y a lo largo de los años, ha determinado la formación de mi es­píritu, la formación de mi ser. Es imposi­ble delimitar o separar esa actividad imaginaria del resto de las actividades que me definen como ser humano. No es posible. Aquello que se produce en el ser de forma inevitable modifica al ser inevitablemente. La modificación es consustancial al creador porque la creación o indagación poética po­see una naturaleza metamórfica, una natu­raleza experimental o exploratoria. El códi­go de la poesía no es el logos, no es ese ti­po de conocimiento delimitador. El metamorfismo del lenguaje poético impli­ca que ese lenguaje está siempre destru­yéndose y reconstruyéndose, en exploración continua, no se deja atrapar por ideas fija­das, ni conceptos establecidos, ni prejuicios de ningún tipo. La poesía es la visión y la lengua salvajes, y en ocasiones revela fa­cetas de nosotros mismos que se hacen muy duras de aceptar. Pero, como decía Rilke, ¿para qué quiero una vida consolada?
 
—Uno de los aspectos más interesantes de Ábaco es el proceso de transformación del «yo» del dan cuenta los prime­ros años, de 1997 a 2000 aproximadamente. Un proceso de transformación vi­tal que corre paralelo con el acendra­miento de una actitud crítica ante el pa­norama poético español de esos años —y ante la cultura española en general—, y que es, a mi entender, inseparable de una concepción de la lectura-escritura como transformación del ser absolutamente desdeñada por la actual sociedad del es­pectáculo, que sigue vigente hoy en día. ¿Cuál cree usted que debería ser la po­sición o la actitud de la poesía en este panorama desalentador?
 
—Hace unos meses he terminado un ensa­yo sobre este asunto interesantísimo del que me habla; se titula Liberación por la poesía. Yo no sé exactamente si este proceso es vi­sible o tan visible en mis diarios. Puede que sí y que yo no sea consciente de ello. Ahora bien: sí reconozco haber sido muy crítico —crítico hasta donde me lo permi­ten mis conocimientos, claro— con el pa­norama poético espa­ñol. Aún continúo recibiendo comentarios sobre el prólogo que es­cribí para La otra joven poesía española. Pero por mi forma de ser —soy anarco-pesi­mista por naturaleza— he desarrollado siem­pre una aversión absoluta hacia el gregaris­mo, hacia las opiniones consensuadas, hacia los apriorismos. Y como dije antes, mi for­ma de ser no es separable de mi forma de es­cribir. Uno de los horrores más atávicos que siente cada ser humano —no del ser hu­mano como colectivo, sino de cada persona— es el horror a la modificación, a cambiar su forma de ser o pensar. La gran filosofía, la gran poesía, la gran ciencia, la gran ética son apartadas, ocultadas, o se vuelven ob­jeto de mofa o de falsas definiciones, úni­ca y exclusivamente porque son agentes que modifican al ser humano, lo modifican con­tinuamente, modifican su perspectiva de análisis, y por lo tanto su visión critica au­menta, cambia, se transforma.
 
Las grandes revoluciones y crisis de la hu­manidad coinciden con grandes periodos de escritura y lectura radicales. La lectu­ra-escritura son formas de revolución que afectan a las personas de manera particular. La masa siempre se disgrega, no cumple u olvida. Mil hombres empujados por una ideología que no conocen bien pueden ser neutralizados por uno solo que haya creado su propia ideología contraria: ese jamás se disgregará ose olvidará así mismo. ¿Us­ted cree posible que Nietzsche abdicara de sus ideas porque mil personas, o cua­tro millones, le dijeran que estaba equivo­cado? Aquel que se ha modificado así mis­mo hacia adelante —para usar una expresión blochiana— jamás dará un paso atrás para contradecirse.
 
—¿Cree que es lícito que un escritor «as­pire al éxito», como ha declarado recien­temente un poeta de prestigio?
 
—Supongo que se refiere a Carlos Mar­zal. Yo creo que el poeta debe aspirar a crear su propio mundo, debe aspirar a hacer lo que tiene que hacer, a escribirlo que tiene que escribir. El solo hecho de inmiscuir la noción éxito de ventas en algo tan íntimo, algo tan enraizado en el ontos personal como lo es la revelación del mundo propio, del mundo personal, me produce una náusea in­descriptible.
 
—Tanto Ábaco como Terrena (actual­mente en prensa), su último libro de poe­mas, que ha obtenido por cierto el 1er Pre­mio Internacional Márius Sampere, han pasado inadvertidos en Canarias, y lo mismo ha ocurrido en el ámbito penin­sular. Su penúltimo libro, Tiempo entero (2002), no tuvo mejor fortuna. ¿A qué atribuye este silencio o mutismo critico?
 
—Bueno, puede que como poeta o escri­tor sea pésimo, ¿no le parece? Es algo que llegado el caso debería asumirse sin ma­yores problemas. Ahora bien, no me pare­ce justo medirme ni medir el «oculto ofi­cio», como llamaba Angel Crespo a la es­critura, en relación a los suplementos y revistas literarios nacionales, seria un suici­dio. Los medios difusores de eso que lla­mamos culturo tienen mucho trabajo, muchos libros que vender, muchos compromisos que satisfacer, muchas fotos que po­ner. He recibido suficientes felicitaciones y filípicas a través de cartas. Me conformo con esas.
 
Sobre el asunto del Premio Internacional Márius Sampere, no querrá que me entris­tezca por haberlo recibido. Me resulta cu­rioso comprobar que los medios canarios formados a tales fines no se hayan hecho eco. Sencillamente: quienes nos informan muchas veces no pueden estar informa­dos de todo o están hastiados de tanta in­formación, o tienen grilletes en las ma­nos, que se ha dado el caso. De cualquier modo, este olvido insignificante y otros mucho mayores —como el sufrido por Poe­sía hispánica contemporánea. Ensayos y poemas (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, 2005)— demuestra el punto de re­tracción al que ha sido relegada la poesía y el punto de indiferencia que han logra­do los aparatos difusores de la opinión pú­blica cultural.
 
EL PASADO 21 DE OCTUBRE DE 2005, FRAN­CISCO LEÓN RECIBIÓ EN EL TEATRO JOSEPH MARIA DE SAGARRA, EN SANTA COLOMA DE GRA­MANET, EL 1ER PREMIO INTERNACIONAL DE POESÍA MÁRIUS SAMPERE POR SU LIBRO DE PROSAS TE­RRARIA (DE PRÓXIMA PUBLICACIÓN). POR ESAS MIS­MAS FECHAS VEÍA LA LUZ ÁBACO (ARTEMISA EDI­CIONES), UN LIBRO QUE REÚNE SIETE AÑOS DE ES­CRITURA DIARÍSTICA. HAN PASADO YA ALGUNOS MESES SIN QUE TALES NOTICIAS RECIBIERAN EL ES­PACIO ADECUADO EN LA PRENSA DE LAS ISLAS. ALE­JANDRO RODRÍGLEZ REFOJO ENTREVISTA AL AU­TOR DE CARTOGRAFÍA (1999) Y TIEMPO ENTERO (2002).


Alejandro Rodríguez Refojo
La Opinión de Tenerife (2C)

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