No esperemos encontrar en esta obra póstuma de Cyrano de Bergerac, a quien Edmond Rostand (1868-1918) conviertiera en un mito, la intriga de una novela; en realidad, es un ensayo cómico-fantástico donde el autor, influido por las ideas racionalistas de su tiempo, repasa diversos aspectos de la condición humana, desde los más trascendentales, como la existencia de Dios, la creación del mundo o la inmortalidad del alma, hasta otros que descubren los prejuicios e incongruencias de nuestras costumbres.
«Ésta es, por muchos motivos, una obra que interesa especialmente al lector de hoy. La imaginación humorística no es aquí cosa distinta de la imaginación crítica, y ambas se encuentran en el espacio de un apasionado y apasionante relato de aventuras.»
«La Luna estaba llena, el cielo claro, y acababan de dar las nueve de la noche cuando, volviendo de Clamart (que está cerca de París, y donde habíamos sido regalados por M. de Cuigny hijo, señor de Clamart, los diversos pensamientos que nos inspiró aquella bola de azafrán nos distrajeron durante el camino. Bañando nuestros ojos en el gran Astro, ya lo tomaba uno como una lámpara del cielo, ya decía otro que era un disfraz de Diana para tentar a Apolo; alguno decía que bien podría ser el Sol, despojado en la noche de sus rayos y mirando por un agujero lo que pasaba en el mundo...»
Lamentablemente, cuando se menciona a Cyrano de Bergerac (1619-1655) casi todo el mundo piensa en la obra teatral de Edmond Rostand (sobre todo vía las dos célebres versiones cinematográficas), estrenada en 1897, y que tiene por asunto al autor barroco fra...