sinopsis:
La Muerta Enamorada es un delicioso relato, al más puro estilo romántico, donde la realidad y el sueño se confunden, y donde la vida y la muerte se entrelazan, diluyéndose la delgada frontera que, en ocasiones, las separa. Se trata de una de las obras que más evidencia el estilo y el arte de Gautier. En ella el día y la noche, lo real y la ilusión, lo grotesco y lo sutil, la seducción y la repugnancia —plasmadas en un tono enigmático y atrayente, propio del autor— se funden de manera imperceptible para engendrar lo sublime: la belleza.
Ésta es, pues, una novela corta en la que un anciano sacerdote relata su única experiencia con el amor, que vivió en su juventud y que le fue ofrecida por un espectro de la noche, por un «ángel o demonio», dotado de las más excelsas emanaciones de sensualidad, ternura y belleza. Romuald, que hasta entonces había sido un casto y correcto ferviente servidor del Dios, se encuentra, de repente, sumido en una fascinación inexplicable por una pasión siniestra. Y Clarimonde, la vampira de este relato, y la más voluptuosa, inofensiva y atrayente mujer que pueda existir tiene, como la prosa de su creador, una magia perfecta; es la encargada de arrastrar al sacerdote hasta los más profundos y oscuros abismos, en los que la belleza resplandece de forma extraña y fascinante. A lo largo de las páginas de La Muerta Enamorada, Gautier desarrolla uno de los temas más recurrentes de su obra: el sueño; lo que sucede en la vigilia y en el sueño del perturbado sacerdote son siempre acontecimientos absolutamente distintos y contradictorios. La confusión de la existencia del protagonista entre lo real y lo soñado lo arrastran prácticamente a la locura, hasta el punto de no saber si es un generoso sacerdote que cada noche sueña con ser un galán fatuo, un joven libertino, señor de la más hermosa y voluptuosa mujer o si, por el contrario, es el joven que se entrega a los placeres y que sueña que es un mortificado sacerdote.
fragmento:
«Me preguntas, hermano, si he amado; efectivamente, lo he hecho. Es una historia singular y terrible, tanto que, a pesar de mis sesenta y seis años, apenas me atrevo a remover las cenizas de su recuerdo. No quiero negarte nada pero no referiría una aventura semejante a otra persona menos experimentada que vos. Se trata de acontecimientos tan extraordinarios que apenas puedo creer que me hayan sucedido. Durante más de tres años, fui el juguete de una ilusión singular y diabólica. Yo, un pobre cura rural, he llevado todas las noches en sueños (¡quiera Dios que lo fueran!) una vida de condenado, una vida mundana como Sardanápalo. Una sola mirada demasiado complaciente a una mujer pudo causar la perdición de mi alma; pero, con la ayuda de Dios y de mi santo patrón, pude desterrar al malvado espíritu que se había apoderado de mí. Mi existencia se había complicado con una vida nocturna muy diferente. Durante el día yo era un sacerdote del Señor, casto, ocupado en la oración y en las cosas santas. Durante la noche, en el momento en que cerraba los ojos, me convertía en un joven caballero, conocedor de mujeres, perros y caballos, jugador de dados, bebedor y blasfemo. Y cuando, al llegar el alba, me despertaba, me parecía lo contrario, que me dormía y soñaba que era sacerdote. Me han quedado recuerdos de objetos y palabras de esta vida sonámbula de los cuales no puedo defenderme y, a pesar de no haber salido nunca de mi parroquia, se diría al oírme que soy un hombre que lo ha probado todo y que, desengañado del mundo, se ha refugiado en la religión queriendo terminar en el seno de Dios sus tan agitados días, más humilde seminarista que ha envejecido en la indiferencia, en medio de un bosque y sin relación alguna con las cosas del siglo.
Sí, he amado como nadie ha amado en el mundo, con un amor insensato y violento, tan violento que me extraña que no haya hecho estallar mi corazón. ¡Oh, qué noches! ¡Qué noches!...»
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